viernes, 18 de agosto de 2017

CONMIGO O SIN MI, LA VIDA ES.

De nuevo la misma pregunta: ¿Qué es la vida? ¿Qué es vivir?
Y da la sensación de que, recurramos a la ciencia o a la filosofía, la respuesta va a ser parcial y sesgada. Alguien dijo que “la vida es aquello que nos ocurre mientras nosotros planeamos otras cosas”. Desde mi reflexión y búsqueda continua yo diría: la vida es aquello que ocurre (que nos ocurre) mientras nosotros tratamos de descifrarla, descubrirla, entenderla. Pongo el anterior paréntesis porque lo que “nos” ocurre son acontecimientos y, aunque hay quien piensa que la vida es la suma de acontecimientos entre el inicio y el fin del ciclo vital, yo creo que la vida es más de lo que ocurre; también es lo que nos ocurre y lo que ocurre, aunque no sea a nosotros. Hablo entonces de la vida como un devenir de acontecimientos y no acontecimientos, un funcionamiento global del mundo y del universo, en el que yo simplemente estoy. Aunque podría no estar. Y es que el ser humano es, por lo general, tan egocéntrico que solo entiende la vida con él dentro. Pero la vida, realmente, no necesita de mi para ser vida. Otra cosa es hablar de mi vida o de tu vida en particular; pero eso es hablar de casuística. Llego a esta conclusión porque, desde mi punto de vista, anclado en mi vida concreta, el mundo existe y la vida existe independientemente de mi y de otras muchas personas que, o bien ya no están, o bien nunca estarán, porque no nacieron ni nacerán. Por tanto, la vida debe ser algo más grande y más profundo que lo que cada uno experimenta de su propia existencia. Incluso puede que sea bastante más de lo que uno, desde una mirada crítica, abstracta y racional pueda llegar a entender.

La ciencia, que explica la vida como el intervalo de tiempo que transcurre entre el nacimiento hasta la muerte del individuo, junto con todos sus procesos biológicos y acontecimientos vitales, está muy limitada. No es infrecuente oír o leer a muchos científicos confesando que el conocimiento que existe de las cosas es ínfimo para la complejidad que encierran. Dicho de otra manera, el conocimiento científico está constituido por muchísimos hechos concretos demostrados, pero queda mucho por descubrir y explicar. La infinidad de variables que afectan e interfieren en hechos concretos escapan a la capacidad de la ciencia para ser abarcados y tenidos en consideración. El método científico considera siempre aquellas variables que presupone pueden influir en el resultado objeto del estudio, pero, ¿qué hay de aquellas variables que pueden influir sin que ni siquiera se pudiera imaginar de antemano? No pretendo cuestionar el método científico, que emplea a diario gente más inteligente y experimentada que yo. La ciencia tiene su forma de funcionar y es la correcta. Es correcta, sí, pero limitada.

         Quien puede rebasar esos límites en búsqueda de respuestas quizás sea la filosofía, pero ésta también tiene sus limitaciones. Y entre ellas la misma incapacidad para la omnisciencia, para verlo y entenderlo todo en su conjunto. Es el mismo problema que el de la ciencia; solo que la filosofía no necesita resultados, o mejor dicho: reproducir resultados.

           También se busca dar respuesta al pregunta por la vida desde las religiones. Pero las religiones tienen el mismo problema: la finitud y la limitación del hombre frente a la magnitud de las preguntas y de la realidad. Cada cosmovisión entiende y explica su relación con Dios desde su realidad, desde sus rasgos culturales, desde su capacidad de entendimiento basada en su entorno y experiencia particular. Y es que “religión” significa “volver a unir” (Re: Volver y Ligare: Unir); volver a ponerse en relación Dios con el hombre. En las clases de religión del colegio nos explicaban que es Dios siempre el que toma la iniciativa de ponerse en relación con el hombre. Circunstancia que no implica necesariamente que el hombre acepte la invitación o entienda perfectamente el mensaje de Dios. Precisamente porque el entender del hombre es limitado y está condicionado por su entorno social y cultural. Introduciendo a Dios en la ecuación que trata de resolver qué es la vida y cual es el sentido de ésta, la cosa aparentemente se complica. Aunque para el creyente puede significar un punto de partida para entender mejor la realidad y la vida. Gracias a la ciencia conocemos la inmensa magnitud del universo, la infinidad de especies animales y vegetales que viven en nuestro planeta; conocemos con bastante certeza como ha evolucionado el mundo desde hace varios millones de años; incluso existen teorías que tratan de explicar el origen de todo, desde el principio.

          Haciendo una mirada global a cómo parece que han ocurrido las cosas y sabiendo lo que hoy sabemos, uno no puede dejar de maravillarse con lo existente y descarta la mera casualidad en el desarrollo de las cosas. Es decir, tiene que existir obligatoriamente un principio creador, que llamamos Dios, que pusiera en marcha el universo. No puede ser casualidad que en la infinita enormidad del universo exista un planeta infinitamente pequeño, habitado por seres infinitamente menores, que a su vez están formados por células infinitamente menores y que, a su vez, funcionen con la perfección que funcionan. No puede ser casual que el hombre, de todos los seres de la creación, sea el único que ha desarrollado inteligencia suficiente como para hacer las cosas que ha llegado a ser capaz de hacer. La física cuántica explica que si pusiéramos a millones de monos tecleando durante millones de años sobre una máquina de escribir, el azar haría que uno de ellos acabara tecleando, casualmente, las miles de palabras que componen el Quijote de Cervantes. Por tanto, ¿cuántos millones de años harían falta para que en el mundo apareciera, por azar, la inteligencia en el ser humano y no en otro ser vivo, de modo que hayamos llegado a donde estamos hoy? Según la ciencia el universo no es tan viejo, aunque probablemente el azar también haya tenido algo que ver. Y aterrizando más en la realidad humana podemos preguntarnos si el azar hizo que se desarrollaran en el ser humano la emoción y el pensamiento, con la complejidad que encierran. Mi respuesta es no. Esa riqueza y complejidad del ser humano no pueden ser productos del azar. Tienen que proceder de otros sitios. Los demás seres vivos también han evolucionado, según explica la ciencia, sin embargo no tanto como el ser humano. Esto tampoco puede ser casualidad. Dios tiene que tener algo que ver con todo esto. Por alguna razón Dios tuvo que diferenciarnos del resto de las criaturas. Algún motivo tendría, algún por qué…


          Posiblemente dando respuesta a este por qué, seríamos capaces de dar respuesta a la pregunta por el sentido de la vida. Y no se trata de pedir explicaciones a Dios sino, más bien, de tratar de entender. Entenderle a Él y entender nuestro papel y lugar en la obra de la vida.

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